Una joven voz
Por: P. Joaquín Herrera, msc
Lo había leído en documentos históricos y artículos. Estaba intelectualmente convencido de su realidad. Pero, como en muchas cosas, hasta que no nos afectan personalmente permanecen como mera información que satisfacen una curiosidad, nos ofrecen una actualización intelectual, pero que nos dejan existencialmente indiferentes.
Eso me pasó hasta aquel cuatro de junio de 1980. Ese día me llegó la noticia de que un compañero, un hermano Misionero del Sagrado Corazón, un joven sacerdote había sido asesinado por mantenerse fiel en el servicio al pueblo de Dios y en su opción vital por Cristo. En pocos meses caían otros dos compañeros consagrados y se acrecentaba más el número de catequistas y fieles asesinados por vivir consecuentemente el amor cristiano comprometido con la vida real por Cristo y los prójimos. Las noticias, pues, eran verídicas: el siglo XX y los inicios del actual marcan el número más acrecentado de mártires cristianos en la historia de la humanidad. Nuestra ‘pequeña sociedad’, como la llamaba el fundador Julio Chevalier, está marcada por esta realidad. De entre los que dieron su vida motivados por la fe y el amor de Dios en diversas partes del mundo, diez de ellos han sido declarados beatos por la Iglesia. Pero junto a ellos hubo catequistas formados por los MSC, fieles de sus comunidades pastorales, hombres y mujeres de varias edades que los siguieron. Nueve de ellos están reconocidos oficialmente como beatos: Peter ToRot (Papúa Nueva Guinea), Benedict Daswa (Sudáfrica), Domingo del Barrio, Tomás Ramírez, Reyes Us, Rosalío Benito, Nicolás Castro, Miguel Tiu y Juan Barrera (todos ellos de Guatemala). En varios países son llamados Beatos Laicos MSC. Entre ellos llama la atención el beato Juan Barrera. ¿Por qué? Sencillamente por ser un adolescente de doce años. Nacido en la parroquia del Espíritu Santo de Zacualpa, cantón Segundo Centro de la Vega, El Quiché, Guatemala. Tuvo la oportunidad, no muy común en aquella época, de ir a la escuela. El saber leer le convirtió en un eficaz ayudante de los catequistas, casi todos analfabetos, que le llamaban para que les leyera la Biblia y participase con ellos leyendo oraciones y comentarios. Participaba y colaboraba en su comunidad y, en ocasiones, dirigía la oración en la misma. Campesino de familia pobre, trabajador, inquieto y con sentido grupal. La situación de guerra no declarada que se vivía en aquella época le movió a reunir a gente de su edad para orar a fin de lograr la paz y la unión en su cantón y formarse en la fe. Al no poder hacerlo de día, por la persecución a los católicos, se reunía al atardecer con ellos. Alguien malinformó a las fuerzas gubernamentales diciendo que se reunían para favorecer a los guerrilleros. El cantón fue invadido por los militares con su fuerza acostumbrada. Le buscaron en su casa y tras detenerlo lo interrogaron, amenazaron y torturaron; le hirieron en la planta de los pies y le hicieron caminar entre piedras, le cortaron una oreja, lo colgaron y le dispararon. Dejaron su cadáver a unos kilómetros de su casa. Afirman algunos testigos que el jovencito decía antes de ser secuestrado: “si me muero, en la Palabra de Dios me tengo que morir… Estoy trabajando en la Palabra de Dios, voy a entregar mi alma en nombre del Señor”.
Juanito, como todos los mártires, es una de las voces que hoy nos invitan a pensar sobre nuestra vivencia de fe, de entrega, de amistad con Jesús y de compromiso con los hermanos. ¿Será sólo una voz que clama en el desierto?