Una caricia de Dios
Sacramento de la Unción de Enfermos
El P. Jaime es el párroco de la Parroquia-Santuario de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, en Madrid y ejerce el servicio de capellanía en el Hospital Virgen del Mar. Conoce muy bien cómo enfermos y familiares se acercan al sacramento de la Unción de Enfermos.
Por: P. Jaime Rosique, msc
La primera unción de enfermos que tuve la oportunidad de administrar fue en Pontevedra, pocas semanas después de ser ordenado. Entré en pánico. Acostumbrado durante mis dos años como diácono a los responsos en el tanatorio, me sentí extraño. Tras un repaso al rito en ‘el ritual de los sacramentos’ uno de los regalos de ordenación y una consulta telefónica a un sacerdote amigo, allí estaba, esperando en la puerta del hospital a la persona que me había pedido si podía celebrar el sacramento para un paciente: el director de la funeraria. Mal comienzo, pensé. Y, también, sintomático de cómo vemos y entendemos todavía el sacramento de la Unción de los Enfermos, más como el paso previo a la muerte que como una caricia de Dios. Porque eso es lo que es: una caricia de Dios. Un abrazo. Para el enfermo y para sus familiares.
Evitar el último momento. A mí, me da mucha pena cuando me llaman desde el hospital de Virgen del Mar, donde los Misioneros del Sagrado Corazón ofrecemos el servicio de capellanía en Madrid, y me encuentro con una persona ya sedada, inconsciente, con familiares a su alrededor, llorando. “¿Por qué habéis tardado tanto en llamarme?”, pienso para mis adentros… “¿por qué seguís viendo este sacramento como el último recurso?, ¿por qué no queréis llamar al cura antes?, ¿‘para que no se asuste’ vuestro familiar? … ¿por qué le priváis de ser consciente de ese abrazo, de esa caricia que quiere darle Dios en ese momento?”… me pregunto mientras intento consolarles de la mejor manera posible. Porque, muchas veces, no es miedo del enfermo, es el miedo de los familiares.

Aunque no siempre es el caso. Recuerdo una llamada desde el hospital Virgen del Mar para una unción. Cuando me acerco me dicen: espere, que el paciente está en la UCI, permítame que les avise para que le abran… tras unos minutos al teléfono me dicen: “Discúlpenos, había pedido el sacramento la familia, nos dice el paciente que la unción ni pensarlo”. Las pobres mujeres de admisión no sabían dónde meterse… y yo, tampoco…
Pero ese no es el momento de los reproches, ese no es el momento de recriminarles nada, ni de educarles, ni catequizarles. Como mucho, me sale un “es una pena que no me hubieseis llamado antes, cuando era consciente”. Es el momento de ponerse uno a sí mismo y de poner al enfermo y a los familiares en manos de Dios.
Un sacramento de vida. Dentro de las opciones que ofrece el rito, escojo aquellas oraciones más cargadas de esperanza, aquellas oraciones que más hablan de salud, para hacerles entender que no estamos ante la ‘Unción de Moribundos’, sino ante la ‘Unción de Enfermos’. Nuestro Dios es un Dios de vivos y los sacramentos están para dar vida, vida en abundancia (Jn 10,10). Y, a veces, Dios te permite la oportunidad de comprobarlo.
Hay ocasiones en las que la familia te llama con la persona enferma perfectamente consciente. Ves que participa activamente, que sigue las oraciones, que reza el Padre Nuestro, que responde amén cuando le unges con aceite la frente y las manos, que reza en silencio cuando impones las manos, rezando sobre ella… Recuerdo a una señora de 100 años, a la que le di la unción en su casa al menos cuatro veces. Recuerdo sobre todo la primera… estaba en cama, muy frágil, muy delicada, muy cansada. Enseguida se puso muy contenta y participó activamente de las oraciones del sacramento, siguiéndolas con atención y rezando conmigo y con una de las hijas que se quedó a acompañarla. Quiso también confesarse y comulgar. Al cabo de unos días, la persona que me avisó y me pidió que le diese la unción a su suegra se acercó a mí al acabar la Misa para darme las gracias y para decirme que su suegra había rejuvenecido el día que le di la unción. Que se levantó de la cama y estuvo toda la tarde muy habladora y dicharachera en el salón. Es increíble, me dijeron: “¿Qué has hecho?”. “Nada”, dije yo, “simplemente recé”. Fue Dios quien le acarició, fue Dios quien la abrazó. A esa unción siguieron más y al cabo de unos meses acabó falleciendo. Tanto ella como su familia me dieron una lección de fe y de esperanza que proporciona el acceso a este sacramento, no desde el miedo, ni desde la aprensión, sino desde la manifestación del amor de Dios, que eso son todos los sacramentos y este en especial.
En el seno familiar. Cuando se vive ese amor de Dios en familia es conmovedor. Es una caricia de Dios también para el sacerdote que celebra el sacramento. Cuando ves toda la habitación llena de gente, con nietos y bisnietos dándose la mano y dándosela a la persona enferma, rezando juntos, entiendes muchas cosas. Entiendes por qué Dios quiso nacer en una familia, en la Sagrada Familia, cuya fiesta celebramos el primer domingo después de Navidad. Entiendes por qué la familia es una escuela de amor. Entiendes por qué este sacramento es precioso y reconfortante también en los casos en los que la persona enferma ya está sedada. Entiendes que esa caricia, ese abrazo de Dios, también lo es para los familiares que están a punto de despedirse de su ser querido. Pero los abrazos y las caricias las necesitamos siempre. No sólo en esos momentos. No escatimemos ni caricias, ni abrazos, a nuestros familiares enfermos. No esperemos a que estén sedados para permitirles sentir el abrazo y la caricia de Dios en su alma. No tengamos miedo a llamar al sacerdote para que le administre la Unción de Enfermos. Mi abuelo murió un jueves y el martes le dijo a mi abuela y a mi madre: “¿Qué, no pensáis traerme un cura?”. En otras palabras: ¿Por qué me priváis del abrazo de Dios?
Quiero abrazos (…) de los que despiertan mi fe y mi fuerza y desinflaman mi alma, vitaminas anímicas y asubio en el que guarecerse…
Hablando de abrazos. Cuando escribo este artículo, tengo fresco en la memoria el último funeral que celebré en la parroquia. Fue el pasado día 22 de diciembre. La difunta, Luzma Piqueres, periodista de profesión y de vocación y gran comunicadora, dejó escrito para leer en su funeral unas palabras tituladas: “Gominolas contra el cáncer: Abrazos, vitaminas para el alma y asubio para el ánimo”. Con permiso de la familia, a quien se lo agradezco, reproduzco algunos fragmentos del escrito que, para mí, reflejan muy bien cómo veo la unción de los enfermos: como un abrazo de Dios: “El cariño, la ternura, la cercanía, la comprensión y hasta el amor que surge de un buen abrazo es algo extraordinario, un apoyo sólido para quienes pasamos por una situación tan dura como la de un terrible cáncer. Abrazarte a otro, sentir su calor y que el otro te reciba y te responda a ese cauce abierto de cariño. (…) Un ejercicio muy positivo para el alma que te hidrata, nutre e ilumina y hace que guardes esa calidez y ternura como un tesoro terapéutico, en la seguridad de que en algún momento te ayudará. (…) Cada día espero y anhelo que me lleguen muchos abrazos. Conocidos, nuevos, lentos, cálidos, verdaderos, anhelados… o de alguien que ni conocías, ni te era cercano, pero que, con una sonrisa, una buena actitud o una cariñosa frase inesperada, te hace merecedor de un enorme abrazo. Yo era un erizo. ¡Qué pérdida de tiempo y de cariño! Nunca antes fui de abrazos. Ahora sí lo soy y me deleito nutriéndome de sus vitaminas como quien disfruta despacito un manjar. (…) El abrazo es una transferencia pura y desinteresada de afectos que te envuelve por completo cuando alguien se entrelaza anímicamente contigo en un juego de ensortijamientos que parece no acabar nunca, porque sí, sin razón y sin prisa. Del abrazo emana un calor emocional, una ilusión de tranquilidad, un apoyo sentido que se vehicula a través de una presión suave, incluso fuerte y larga, como fijado con un pegamento de un roce cargado de buenas vibraciones a las que acompaña una música que emana del corazón y cuya letra parece decir ‘no tengas miedo que estoy contigo’. (…) Los abrazos son un refugio de seguridad, una fuente de sosiego, un encuentro de comprensión y de paz. Son un ‘asubio’, eso que en Cantabria llamamos ‘un lugar para guarecerse y resguardarse’. Una maravillosa palabra que encierra un extraordinario concepto. Un abrazo guarda poderes inimaginables. Es antinflamatorio para el alma y un aine sin contraindicaciones que se lleva los dolores durante un rato. (…) Nunca escatimes los buenos abrazos, porque son un refugio frente a la intemperie, frente a la oscuridad, el miedo y el frío de la tristeza de alguien que vive tan asustada como yo. Son quitamiedos sin bordes cortantes, mullidos y calentitos y, además, lo bueno de los buenos abrazos es que los puedes guardar en una caja en tu corazón, en un cofre de recuerdos para, cuando los necesites, evocarlos y revivirlos, aunque sea en diferido. Quiero abrazos (…) de los que despiertan mi fe y mi fuerza y desinflaman mi alma, vitaminas anímicas y asubio en el que guarecerse… ¡Quiero montones de abrazos! NO ME LOS ESCATIMEIS”.
Abrazos de Dios y los nuestros. Hagamos eso por nuestros seres queridos enfermos. No les escatimemos los abrazos que les quiere dar Dios, como tampoco les escatimáis los vuestros. A diferencia del bautismo, la confirmación, la ordenación sacerdotal y en circunstancias normales el matrimonio, que son sacramentos que se pueden realizar sólo una vez, Dios quiere acariciarnos y abrazarnos en el resto de sacramentos, que podemos recibir tantas veces como queramos, cuantas más mejor: la Eucaristía, la Reconciliación y la Unción de Enfermos.
Aprovecho estas líneas para rezar por todos y cada uno de los lectores que están enfermos en estos momentos y por todos nuestros familiares, amigos y conocidos enfermos. Por aquellos que necesitamos ese abrazo, esa caricia de Dios, por la razón que sea.












