…porque no saben lo que hacen
Por: P. José María Álvarez, msc
De los muchos momentos que aparecen en el Evangelio que impactan, hay uno al que siempre acudo para descubrir el amor que Dios nos tiene y aprender cómo debería ser el mío. Es el relato de la crucifixión, cuando Jesús responde a quienes le injurian: el Mesías, el Hijo de Dios, ha sido vejado, azotado y crucificado y, por encima, se ve afrentado y burlado por quienes asisten como espectadores a ese espectáculo macabro que era una crucifixión, una crueldad con la que los invasores romanos mantenían su autoridad sobre los pueblos sometidos. Aunque sólo fuera por solidaridad con un compatriota represaliado, los judíos allí presentes podrían haber mantenido una postura de compasión hacia el crucificado. O, llevados de una elemental humanidad, apiadarse de quien estaba agonizando. Pero los evangelios que nos describen el luctuoso acontecimiento inciden en que quienes lo contemplaban mantenían una actitud más bien de burla y de desprecio (Mc 15,2932; Mt 27, 3944; Lc 23,3537). Y entre sus mofas estaba el proponerle que, si de verdad era el hijo de Dios, que bajara de la cruz y así creerían en él (Mt 27,40.43).
«Padre, perdónalos,…» (Lc 23,34).
Sin duda alguna, habría resultado comprensible que la actitud de Jesús ante estas injurias hubiera sido, cuando menos, de desprecio. Porque a tenor de su trayectoria como persona amable y compasiva no se entendería que reaccionase con agresividad, devolviendo los insultos, pero sí que al menos con su silencio exteriorizara una cierta repulsa. Pero, al contrario, abrió la boca en clave de oración y dirigiéndose al Dios de todos, el mismo en quien creían sus ofensores, pronunció estas palabras que debemos aprender bien: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
¡Qué serenidad y qué manifestación de dominio de sí mismo! Porque responder así a enemigos manifiestos es algo que a cualquiera le costaría, y aún más en una situación como aquella, en clave de sufrimiento y agonía. Lo normal en un momento así son reacciones exclusivamente orientadas a sobrevivir y, tal vez, a maldecir. Pero es que aquel sufriente era Jesús, el mismo que se definiera como “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29), y que invitaba continuamente a perdonar y a tratar a los enemigos como si no lo fueran (Mt 5,44). Quien había recorrido caminos y aldeas aportando consuelo a los afligidos y esperanza a los abatidos, de manera que no ha de extrañarnos que, a punto de morir, invocara el perdón sobre quienes le maltrataban. No tenía que ‘quedar bien’ ante sus seguidores allí presentes, ni tampoco ‘retratarse’ para la posteridad, para que todos le tuviéramos como una buena persona capaz de sobreponerse a la adversidad. No. Lo que hizo con aquel gesto era, ni más ni menos, ser consecuente con el que era su propósito, su actitud elemental ante la vida y eje de su enseñanza: se sabía tan hijo de Dios como quienes le ofendían y tan inclinado a amarlos como ellos lo estaban necesitados de ser perdonados. Y por eso, recordando sus propias palabras, las mismas con las que les enseñó a rezar (Mt 6,12), invocó un perdón que él ya había otorgado de antemano. Y encontró la excusa perfecta para ello: ‘porque no sabían lo que estaban haciendo’.
Lo elemental. Es la enseñanza que hemos recibido para saber cómo actuar, cristianamente, en las muchas ocasiones en que la vida nos golpeará de la mano de maldades y adversidades que no podremos evitar. Algo que se repetirá inmisericordemente y sin que, por desgracia, le encontremos solución. ¿Qué haremos entonces? ¿Nos desahogaremos devolviendo los insultos? ¿Nos rebelaremos buscando cómo dañar a quien nos daña? ¿Optaremos por un silencio que es también respuesta dolida y afrentosa?… ¿O quizá seremos capaces de tener el coraje y la convicción de que, si de verdad somos seguidores de Cristo, haremos lo mismo que Él y no devolveremos mal por mal o insulto por insulto (Mt 5,38ss.; 1P 3,9) y responderemos entonces con una bendición?De pronto, comprendemos que esas palabras de Jesucristo, pronunciadas desde el patíbulo, en ese trance terrible de perder la vida y hacerlo además de manera cruel y sin consuelo alguno, resultan iluminadoras para todo aquel que quiera comprender el misterio de la vida y de la muerte. Que ambas no tienen sentido si no somos capaces de transitarlas de la mano de un Dios que es Padre de todos y que nos demanda que comprendamos que esa filiación nos obliga a perdonar como queremos ser perdonados, a buscar y encontrar argumentos que nos reconcilien y no enfrentarnos. ¿Y qué mejor argumento que el de comprender y aceptar que solemos obrar sin saber el alcance de lo que hacemos?