¿Pequeño y débil?

Por: P. José María Álvarez, msc

Un dicho oriental avisa: «No desprecies a la serpiente por no tener cuernos». Coincido en lo de no hacer de menos a la serpiente por carecer de cuernos o de patas, que le basta con tener un veneno mortal que puede resultar más dañino que una embestida. Conocemos lo peligrosas que son muchas serpientes, aun siendo pequeñas y parecidas a las culebras más inofensivas. Nosotros, los seres humanos, igualmente hemos de tener cuidado con los que aparentan no ser peligrosos y que ni tan siquiera portan armas, porque sabemos que cualquiera, hasta el más insignificante, puede resultar un peligro si le incomodamos como nos puede pasar con esa serpiente venenosa que se nos cruza en el camino. De hecho, la historia está repleta de casos en los que el aparentemente débil acaba siendo muy peligroso. De la Biblia ha trascendido un relato que es universalmente conocido y que incluso se ha vuelto paradigmático en esto de tipificar el enfrentamiento del pequeño con el grande, del débil con el fuerte. Me refiero al conocidísimo duelo entre David y Goliat, que se describe en el primer libro de Samuel en el capítulo 17. Allí se narra una de las batallas que tuvo el primer rey de los hebreos, Saúl, con sus enemigos filisteos. En ese encuentro se describe cómo los dos ejércitos estaban separados por un valle y que en él se plantó un gigantón, de nombre Goliat, que medía casi tres metros de altura e iba equipado con yelmo y armadura de bronce y armado de espada y lanza de tamaño impresionantes. A su vista, los hebreos temblaron de miedo y, aún más, cuando les retó invitándoles a que propusieran un campeón que se midiera en duelo con él. El vencedor decidiría el resultado de la contienda y ante este reto dice el texto sagrado, que todo Israel se llenó de miedo.

Apareció entonces David, el hijo pequeño de Jesé, que había acudido al campo de batalla para avituallar a sus hermanos mayores, soldados en el ejército de Saúl. Y al presenciar aquella afrenta no dudó en ofrecerse para responder al reto del fanfarrón. Pero como era sólo un jovencito, pastor de oficio y ajeno a los avatares bélicos, se burlaron de él hasta sus hermanos. Sin embargo, el rey, al verlo tan decidido, pensó que tal vez pudiera hacer algo bueno y le vistió con su ropaje guerrero, el yelmo, la coraza y la espada. David, incómodo con aquellos arreos, los rechazó y prefirió armarse sólo con su honda y su zurrón de pastor, en el que juntó algunas piedras.

Cuando Goliat lo vio aproximarse se burló también de él por su insignificancia y por verlo desarmado ante su imponente figura. Pero David, acostumbrado a espantar leones y osos cuando atacaban el rebaño que cuidaba, con la misma honda y maña le arreó una pedrada en mitad de la frente que dejó al gigante inerme a sus pies. Y allí fue David para, con la propia espada de Goliat, rematarlo cortándole la cabeza. Algo que espantó a los filisteos de tal manera que huyeron despavoridos y resultaron presa fácil para los israelitas, ansiosos por derrotarlos y echarles de su tierra.

Y para la historia ha quedado esta anécdota del enfrentamiento entre el pequeño y el grande, el débil y el fuerte, el humilde y el fanfarrón, que seguramente se ha repetido en infinidad de ocasiones para sorpresa de quienes se dejan influenciar por las apariencias. Es un mecanismo que, entre otras situaciones, late en el fondo del mundo de las apuestas, que siempre juega con este detalle de proponer enfrentamientos desequilibrados para hacer más jugoso el monto del premio.

Pero, ciñéndonos a la vida cotidiana, podemos ver cómo en multitud de situaciones y acontecimientos se repite este enfrentamiento entre David y Goliat, lo mismo en el colegio en donde acosadores infantiles ensayan ya sus malicias sobre otros colegiales más débiles, que en el mundo laboral en el que quien detenta un cargo se aprovecha del que no lo tiene, o en el familiar, en que también unos sufren a veces la prepotencia de otros. Y en todas estas situaciones más de una vez descubrimos que el débil se impone al fuerte y que el ingenio triunfa sobre la fuerza bruta.

Así, podremos constatar que no hay criatura desdeñable por ese detalle de no tener cuernos, de no estar aparentemente dotada de una capacidad de hacer daño, porque para eso siempre nos sobrarán malicias y habilidades a falta de otras herramientas peligrosas. Aparte de que, si esperamos ser ‘David’ en esta lucha, habremos de imitar su encomienda, que es la de poner su defensa en manos de Dios (1S 17,4547), para que sea Él quien de verdad gane la contienda y no nuestra prepotencia.

 

Foto: David vencedor de Goliat. Palma el Joven, Jacopo. Museo Nacional del Prado.

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