No tienen vino

Las palabras de María (V)

Por: P. Jaime Rosique, msc

Llegamos casi al final de nuestras reflexiones sobre las seis palabras de María con un pasaje que deja atrás la infancia de Jesús para encontrarnos con un Jesús adulto, que realiza su primer milagro. Porque María también está presente en la vida adulta de Jesús, en la etapa de su madurez evangelizadora. En todos los momentos importantes, ahí está ella, como todas las madres suelen estarlo. En los momentos buenos y festivos, como el que describe este pasaje del Evangelio de las bodas de Caná, al igual que en los malos, en los difíciles, como resultó al pie de la cruz, donde por medio de la persona de Juan, el discípulo amado, se convierte en madre de todos nosotros. Y por eso sabemos que también está con nosotros, sus hijos, en los momentos buenos y en los momentos de dificultad. Como peregrinos que somos en esta vida, todos pasamos por momentos conflictivos y penosos, y en esos momentos necesitamos a nuestra madre. Por eso, la imagen que preside el santuario de la Virgen Peregrina en la ciudad de Pontevedra (que ves en la foto y desde las que escribí estas reflexiones), es la de una peregrina; va vestida de peregrina y, sin embargo, lleva el niño entre sus brazos, porque también -y antes que peregrina- es madre.

Este pasaje es uno de mis favoritos del Nuevo Testamento, el que menciona el evangelista san Juan relatando el milagro de las Bodas de Caná, el primero de todos los que hiciera Nuestro Señor, el que recoge san Juan al comienzo de su evangelio (Jn 2,1-11). En este pasaje, en la primera frase de la Virgen recogida por un evangelista distinto a san Lucas, María aparece en su misión de intermediadora, reflejando el poder que tiene sobre su Divino Hijo y asumiendo ya, mucho antes de la crucifixión, el papel de Madre de toda la Humanidad. No en vano es uno de los pasajes en los que se inspiró el fundador de los Misioneros del Sagrado Corazón, el P. Julio Chevalier, para dar a María el título por el que la conocemos y así la veneramos el común de los lectores de esta revista: Nuestra Señora del Sagrado Corazón. En este texto, como en tantos otros, descubrió ese corazón de madre ante el que todo un dios no pudo resistirse a complacer. Porque cuando una madre, nuestra madre, nos pide algo… lo mejor es hacerlo ¿verdad? Y es que ¿quién se puede resistir a lo que le pide una madre? Ella es Madre, es nuestra madre, y con eso lo decimos todo. Decir que es una madre que se preocupa por sus hijos es una redundancia del todo innecesaria y más tratándose de la Madre que el Señor nos ofreció a todos desde la cruz, como una donación especialísima y eterna (Jn 19,25-27).

Fíjate en la extraordinaria sensibilidad maternal de María. Ella está pendiente de todo y de todos. ¡Por iniciativa propia!, sin que nadie se lo pidiese, consciente de las necesidades de unos hijos suyos, presenta a Jesús, a su Hijo Divino, sus carencias, sus limitaciones. Fíjate que María está pendiente no sólo de necesidades espirituales, sino que interviene ante nuestras necesidades materiales. “No tienen vino” … Quizás los novios no eran conscientes de que les faltaba el vino, quizás sólo lo supieron los encargados de la logística, los empleados… pero María que sólo era una invitada a la boda sí que se dio cuenta. ¡Y cuántas veces, de igual manera, no habrá pedido a su Hijo que nos ayudase a corregir tal o cual cosa de la que no éramos conscientes! Cuántas veces habrá intercedido por nosotros, sin nosotros saberlo… Porque ella presenta a Jesús todas nuestras carencias, materiales y espirituales, todo aquello que sabe que necesitamos en las diferentes situaciones de nuestra vida.

Permíteme concluir estas palabras, esta reflexión que he querido compartir, con una oración: «María, tú intercediste por tus hijos cuando les faltaba vino, tú estuviste pendiente de sus necesidades materiales. Por eso, aquí y ahora, te rogamos que pidas también a tu Hijo por nuestras carencias espirituales. Pídele para nosotros más misericordia, más perseverancia, más coherencia, más amor. Que al igual que convirtió el agua en vino, que convierta nuestro corazón, que muchas veces lo es de piedra, insensible a las necesidades de los demás, en un corazón de carne: manso, humilde, entregado, … como su Sagrado Corazón. Gracias, María, por estar atenta a las necesidades de tus hijos y gracias por interceder por nosotros. Y gracias, también a ti Señor, por el poder de intermediación que regalaste a tu Madre, a nuestra Madre».

Foto: Mateo Trapero del Castillo

 

 

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