La noche oscura

Por: Cristina, LMSC

Ante todo, quiero pedir perdón, primero a Dios y después al propio san Juan de la Cruz, y también a vosotros por tener la osadía tan grande de atreverme a desmenuzar, comentar, acercarme, aunque sea de puntillas, a esta poesía.  Para mí, es de lo mejor si no la mejor en lengua española, porque considero a san Juan de la Cruz el mayor poeta lírico (y místico) en español.

Ante esta poesía, si la leemos con atención, y dejándonos llevar por las palabras, sonidos y ambiente que recrea el santo, no podemos más que sentir alegría, la alegría de estar habitados por Dios. Yo creo que la alegría de todo cristiano tiene que ser esa. El fundamento de nuestra alegría tiene que ser sabernos habitados por Dios y saber que somos sus hijos. Eso es lo principal y nadie nos lo puede quitar, aunque nos pasen las peores calamidades, las mayores desgracias de este mundo. El hecho de estar habitados por Dios nadie nos lo puede arrebatar, como dice san Pablo en su Carta a los Romanos (Rom 8 3538).

Detengámonos en las primeras palabras de esta poesía: “En una noche oscura”. Pensemos en el concepto que tenemos del vocablo ‘noche’. ¿Qué evoca en nosotros? Tal vez falta de luz, inseguridad, sombras, miedo, imposibilidad de ver con claridad… Y, por si esto fuera poco, el poeta agrega ‘oscura’, para reforzar la idea de negritud y de falta de claridad. Entonces, partimos de una ‘noche oscura’, que pronto se convertirá en ‘noche dichosa’.

San Juan de la Cruz pretende describir con palabras algo realmente inefable, el entregarse totalmente a Dios en la contemplación, apartado de todo lo demás. “Estando ya mi casa sosegada”, lo repite dos veces. Ese ‘sosiego’ invita ya a aquietar nuestro espíritu, el que necesita nuestra alma, nuestro yo más íntimo, para reunirse con el Amado. O sea, aquietando los ruidos externos, que nos rodean y nos distraen, y dejando todo nuestro ser en las manos de Dios. Y esa entrega total, ese “desapego” de las cosas terrenales nos conduce a la unión íntima con Dios. Fijémonos nuevamente en las palabras que utiliza san Juan de la Cruz: “Salí sin ser notada, a oscuras y segura, encelada (a escondidas), en secreto, que nadie me veía ni yo miraba cosa, sin otra luz y guía que la que en el corazón ardía”. Esa luz que ardía en su corazón era la que lo iluminaba y guiaba “más cierto que la luz del mediodía”. Es esa certeza la que nos lleva con seguridad absoluta, sin ninguna posibilidad de duda, hacia la unión íntima y definitiva con el Amado. Esta unión siempre se da en soledad y por esa razón la noche pierde sus connotaciones negativas, tristes, inseguras, para convertirse en una noche, segura y luminosa, “amable más que la alborada”, con flores y ambiente de brisa suave y perfume de azucenas. Y así, dejándolo todo y olvidándonos de nosotros mismos y de nuestras preocupaciones y afanes cotidianos, reclinando nuestro rostro sobre el Amado, así llegamos a la alegría indescriptible en una noche que comenzó siendo ‘oscura’ y, al final, gracias al desapego de todo lo terrenal, llegó a ser una noche amable, serena, dichosa, iluminada, inflamada de amor, que nos introduce en una alegría plena. San Juan de la Cruz nunca habla de ‘felicidad’ sino de ‘alegría’. La alegría, que debe acompañar a todo cristiano y que es un don del Espíritu santo. Muchísimas veces, en nuestra vida, las situaciones que comienzan oscuras, con problemas, o sin salida a primera vista, gracias a nuestro abandonarnos en las manos de Dios se convierten en noches luminosas y dichosas. No olvidemos que la necesidad del hombre es la oportunidad de Dios.

 

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Foto: www.freepik.com

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