La disponibilidad y la autoridad de María
Del libro del P. Chevalier sobre Nuestra Señora del Sagrado Corazón tomamos esta reflexión que nos ofrece sobre Ella.
Por: P. Julio Chevalier, msc
Les estaba sometido. María, como Madre de Dios, ejercía un inefable poder sobre su hijo y, por lo tanto, también sobre su Corazón, epítome de su divina Persona. Esta verdad aparece sorprendentemente clara en el Evangelio cuando vemos al mismo Cristo concediéndole el poder de imponerle obligaciones, a las que voluntariamente se sometía: «Y les estaba sometido» (Lc 2,51).
Sin embargo, dos hechos parecen oponerse a nuestra tesis: el primero sería la decisión de Jesús de quedarse en el Templo sin avisar a María y la respuesta dada a su madre: «¿Por qué me estabais buscando?». La segunda es la reacción que tuvo en Caná cuando Ella atrae su atención sobre la falta de vino en la sala del banquete: «Mujer, ¿por qué te diriges a mí? Mi hora no ha llegado todavía». Sin embargo, estudiándolo seriamente, ¿estos incidentes no confirman la doctrina que, a primera vista, parecían debilitar?
«¿Y por qué me estabais buscando? ¿Es que no sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?». Aquí tenemos al HombreDios que por derecho está sujeto solamente a Dios y, en ninguna forma, puede sentirse obligado a consultar u obedecer a su madre. Pero en la realidad, tal como sucedió, este HombreDios abandona el templo regresando a Nazaret en donde se queda. No hay nada que pruebe, ni siquiera sugiera, que María se lo pidió. Ella simplemente le hace la pregunta: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Mira lo preocupados que hemos estado tu padre y yo, buscándote».
¿Y cuáles son estas cosas, estos asuntos de su Padre? Ni María, ni José lo entienden. Pero María no pide explicaciones. Ella ha expresado sus sentimientos con cierta reserva y mucha prudencia, no insiste más; pero Jesús ha comprendido bien el deseo implícito y le basta. Les sigue y les está sometido en obediencia. ¿Es que no existe aquí una distinción perfectamente clara entre el derecho de Jesús a no obedecer y su libre y absoluta condescendencia por la que de hecho les obedece?
Lo mismo podemos decir de las Bodas de Caná: «Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Aún no ha llegado mi hora». Es el HombreDios quien habla aquí. El supremo Señor que no debe su misión a nadie, pero he aquí que el HombreDios se somete libremente. María no ha pedido, sólo ha comentado, como de paso: «No tienen vino», pero Ella sabe muy bien que su Hijo, aunque tenga todo el derecho de no acceder a lo que desea, lo hará, sin embargo, por condescendencia. Por eso dice a los sirvientes: «¡Haced lo que Él os diga!». Consciente de sus deseos, Jesús acaba haciendo lo que su Madre no ha pedido, el cambio del agua en vino. Nos parece que Jesús y María muestran aquí perfectamente lo que son el uno para el otro: María, criatura y Madre, pide humildemente, como criatura, y, como Madre, obtiene lo que deseaba. Jesús, Creador e Hijo, concede libremente como Hijo, aquello que como Creador tenía el derecho de rehusar. Entonces, Jesús cambió el agua en vino y realiza su primer milagro.
Mujer, he ahí a tu hijo. Subamos juntos al Calvario. Al pie de la cruz, entre angustias y dolores, le será conferido a María el título de Madre de los hombres. Allí la MadreVirgen, entre indecibles tormentos, nos dio a luz a la vida de la gracia y se convirtió verdaderamente en nuestra Madre. El HombreDios, clavado en el árbol de la cruz, bajó tiernamente sus ojos hacia su madre y dijo: «¡Mujer, ahí tienes a tu Hijo!» (Jn 19,26). Y luego, mirando a san Juan, convertido en hermano adoptivo: «He ahí a tu madre». Él quiere decir: “Oh mujer, bendita entre todas las mujeres, madre verdadera de todos los vivientes, tú que eres la nueva Eva, como yo soy el nuevo Adán, yo te otorgo una nueva maternidad y te asocio en la Obra de la Redención”.
Al narrar el nacimiento de Cristo en el establo de Belén, san Lucas usa una misteriosa expresión: «Dio a luz a su hijo primogénito». ¿Por qué dice primogénito? ¿Es que la Inmaculada Madre del Verbo Encarnado, la Madre del Hijo único del padre, podía tener más hijos? ¡Los Padres de la Iglesia dicen que sí! La Madre de la divina gracia tenía que dar a luz en el dolor a los descendientes sobrenaturales del nuevo Adán. Y este nacimiento, acompañado de tormentos indescriptibles, se realizó en el preciso momento en que, desde lo alto del árbol salvífico, Jesucristo, Padre del mundo venidero dijo a la ‘mujer por excelencia’, a la Madre de todos los hijos de adopción: “Mujer, ahí están todos tus hijos”.