Jugando a jugar
Por: Jaime Ybarra
Me acordaba, como si hubiera sido ayer mismo, estar contemplando a aquel niño jugando en el parque. Solo, sin ningún otro niño que le acompañara en sus juegos. No parecía que le importara la falta de acompañamiento. Se las arreglaba con sus soldaditos o con sus cochecitos en miniatura, o, vaya usted a saber, con qué otro juguete. Lo cierto es que se le veía feliz inmerso en su fantasía.
La intriga por su capacidad de entretenimiento en su soledad me pudo y, acercándome despacio a él para no entorpecer su diversión, le pregunté:
– “¿Qué estás haciendo?”.
Imagínense la sorpresa que le pudo provocar la pregunta tan fuera de lugar.
Después de mirarme un rato con ojos del que acababa de ver a un extraterrestre, sin más, volvió a su divertimiento. Cuando ya me alejaba del niño, incomodo por haberle contrariado, sin excusa posible por mi torpeza, oí su vocecilla.
– “Estoy jugando a jugar”.
Hoy, abandonado en este banco de la iglesia vacía, sin más cercanía que mi propio pensamiento, quizás en la añoranza de todo aquello que aprendí de mis mayores y que fui dejándolo por otros intereses insustanciales, suspiraba por volver a encontrar ese algo que llenara mi vacío interior.
Una voz, desde algún lugar, me hace la misma pregunta que hice yo en aquel parque.
– “¿Qué estás haciendo?”.
‘Estoy jugando a jugar’. La vocecilla de aquel niño asalta mi recuerdo y me empuja a dar una respuesta. No sé qué decir. No tengo la capacidad de síntesis que demostró el pequeño del parque.
Sin pensarlo, surgen mis palabras casi calladas.
– “Estoy creyendo, para volver a creer”.
¡Claro que sí! ¿Por qué no?
El niño jugando, tantas veces como necesitó, aprendió a jugar, aprendió la importancia que tiene el saber jugar, para no sentirse solo.
Sentí el impulso de inspiración que percibí en aquel chiquillo del parque. Acaso creyendo, ¿no es la mejor puerta de entrada para volver a creer?
¡Estar creyendo! No sólo para volver a creer, sino como camino para no olvidar creer. Para no sentir el frío de la soledad interior. Para comprender la importancia que tiene el ‘creer’, para no sentirse solo.












