Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?

Las palabras de María (IV)

Por: P. Jaime Rosique, msc

Esta cuarta reflexión, esta cuarta palabra que leemos de María en el Evangelio, la de «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando» (Lc 2,48), nos trae la primera travesura de Jesús. Jesús se queda en el Templo tres días… sin avisar a nadie. ¿Quién de vosotras, madres que me estáis leyendo, no ha vivido una situación similar con sus hijos? ¿Cuántas veces os habéis quedado despiertas esperando a que llegasen vuestros hijos a casa? ¿Qué madre, de las que están leyendo este comentario, no ha sentido miedo, angustia o dolor, sufrimiento de algún tipo, por su hijo? Si estuviésemos en una misma sala y os pidiese que levantaseis la mano, dudo que quedase alguna mano sin levantar. Pues esa angustia que muchos de nosotros hemos podido experimentar en nuestras vidas, esa angustia que sintió María y que vosotras habéis podido sentir en otro contexto, nace del amor.

Esa preocupación de José y María nace del amor. Muchos santos a lo largo de la historia han tenido lo que llaman la noche oscura, esa sensación de separación de Dios, esa sensación de no sentir su presencia, de perderlo… Jesús mismo, en la Cruz, siente esa sensación de abandono, de no encontrar, ni sentir a Dios: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). San José también sufrió ese vacío, esa pérdida, ese no encontrar a Jesús; la Madre Teresa de Calcuta, San Juan de la Cruz… la lista es interminable… y todos ellos lo vivieron con angustia. ¿Por qué? Porque amaban a Dios, porque Dios era importante en sus vidas, y notaban su ausencia.

En algún momento de la vida de los Santos y también, estoy seguro, en la vida de cada uno de nosotros, Jesús, Dios, parece que esté jugando al escondite con nosotros. Se esconde muy bien y no lo encontramos. No lo encontramos en la oración, no lo encontramos en los demás, en la escritura… cosas que nos llenaban de Dios, ahora nos dejan vacíos. Os suena, ¿verdad? Pero fijaos en un detalle: pensemos en la actitud de María y de José cuando pierden a Jesús… En ese vacío de tres días en los que le falta Jesús, les falta Dios, le ‘habían andado buscando, llenos de angustia’, insistentemente. ¿Esa actitud es la misma que tenemos nosotros cuando Jesús decide jugar al escondite con nosotros? ¿Le buscamos con angustia? ¿Tenemos esa misma desazón que tenemos o podríamos tener cuando son las tres de la mañana y nuestro hijo no ha regresado a casa? ¿Cuántas veces nosotros abandonamos la oración en momentos de sequedad, cuando no sentimos nada? ¿Cuántas veces tiramos la toalla en la vida espiritual, ante la primera dificultad que nos encontramos?

Sin embargo, José y María insisten en su búsqueda y no paran hasta que lo encuentran. Con su actitud, tanto José como María nos están enseñando coraje, perseverancia y amor, también en momentos en los que no encontramos a Dios, en los que no le sentimos cercano en nuestra vida. Pero además de Madre de Jesús, Madre de Dios, María es también nuestra Madre, y con la misma angustia y perseverancia con la que buscó a Jesús nos busca a nosotros, con el mismo Amor nos busca a nosotros para que volvamos a encontrarnos con el Padre. Porque a veces Jesús juega al escondite con nosotros, pero hay veces en las que somos nosotros los que nos quedamos atrás y nos perdemos. Por eso, no lo encontramos. Porque somos nosotros los que nos escondemos de Él.

Fijaos en un detalle: ¿Dónde encuentran a Jesús al cabo de tres días? En el Templo. Con el Padre. «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2, 49). Esta respuesta de Jesús, toda esta historia, nos enseña también que siempre que perdemos a Jesús, siempre que no le encontramos, lo podemos buscar y lo podemos encontrar en el templo como sus padres en la Iglesia, en los Sacramentos. Pidamos a Dios que nos dé el mismo coraje y perseverancia, para hacer lo mismo que María: que ponga en nuestro corazón ese amor que nos haga buscarle con insistencia cuando lo perdemos, cuando no lo encontramos. Pidámosle también la gracia de recordar que, cuando por alejamiento nuestro o por silencio de Dios no lo encontramos, siempre le podremos descubrir en el templo, en la Iglesia, en los Sacramentos. Donde lo encontraron María y José, al tercer día, después de buscarle, llenos de angustia.

 

Start typing and press Enter to search