Febrero: El amor más fuerte que los ‘followers’

10 de febrero: Santa Escolástica

Por: Hno. Gianluca Pitzolu, msc. @gianluca_pitzolumsc

 

Hay vidas que no hacen ruido. Que no aparecen en titulares ni hacen alarde. Vidas como la de Santa Escolástica, que parecen susurrar en vez de gritar, pero cuyo eco resuena a través de los siglos. Escolástica fue así: silenciosa, pero luminosa. Hermana melliza de San Benito, el gran fundador del monacato occidental, Escolástica consagró su vida a Dios desde muy joven. Se retiró a vivir cerca de Montecassino, donde Benito tenía su monasterio, para vivir también ella en oración, silencio y contemplación. Era una mujer de fe profunda, pero, sobre todo, de amor tierno y fiel. Si uno lee su historia con atención, descubrirá que su grandeza no está en milagros espectaculares o discursos elocuentes. Su santidad se revela en algo muy sencillo y muy humano: el amor a Dios. Una vez al año, Escolástica se encontraba con su hermano Benito. Sólo una vez. No era por falta de afecto, sino por el respeto mutuo a la vida monástica que ambos habían abrazado. En uno de esos encuentros, ya mayores, pasaron el día juntos hablando de Dios, de la vida, de lo que habían visto, sentido y amado. Cuando llegó la noche, Benito se preparó para volver a su monasterio, fiel a la regla que él mismo había escrito. Pero Escolástica, que intuía en su corazón que esa sería la última vez que vería a su hermano, le suplicó: «Quédate esta noche conmigo, hermano. Hablemos hasta el amanecer de las cosas del cielo». Benito, firme y obediente a su regla, respondió: «No puedo. Las normas no lo permiten». Entonces ocurrió algo inesperado. Escolástica inclinó la cabeza, cerró los ojos, y oró en silencio. Al instante, comenzó una tormenta tan violenta que ni Benito ni sus monjes pudieron salir del lugar. Truenos, lluvia, ráfagas de viento. Y en medio de ese caos, Escolástica sonrió con dulzura.

San Benito, que siempre había enseñado a sus discípulos a reconocer la voluntad de Dios en los signos humildes de la vida, comprendió: no era desobediencia, sino amor. El amor de una hermana, el deseo profundo de compartir un poco más de tiempo, de alma a alma, con alguien que amaba en Dios. Esa noche, los dos hablaron hasta el amanecer. Tres días después, Benito tuvo una visión: vio el alma de Escolástica volando al cielo como una paloma. Ella había partido, pero no sola: había volado hacia el Amor con quien había unido toda su vida.

Vivimos en un mundo de conexiones rápidas, pero de amistades frágiles. De mensajes que se envían en segundos, de miles de ‘followers’ (seguidores en redes sociales), pero de corazones que se sienten solos. Escolástica nos recuerda que hay un amor más allá de las palabras: el amor espiritual. La que te sostiene en el silencio, la que no exige presencia constante pero que sabe estar. La que reza por ti sin que se lo pidas. La que comprende que el amor no es sólo un sentimiento, sino un vínculo profundo entre almas que miran en la misma dirección.

Escolástica amó a Dios con todo su ser, pero no por eso dejó de amar con ternura a su hermano. En ella no hay contradicción entre oración y afecto, entre regla y corazón. Nos enseña que la santidad no nos aleja de los demás, sino que nos une de forma más pura y sincera.

Hay jóvenes hoy que tienen miles de ‘amigos’ en redes sociales, pero no saben a quién contarle un miedo del alma. Escolástica vivió escondida del mundo, pero su corazón estaba lleno de Dios y lleno de los otros. Su ejemplo es un llamado: cultiva amistades profundas, busca personas que te ayuden a ser mejor, y sé tú mismo un amigo que lleva al otro a Dios, como ella hizo con Benito. Porque en el fondo, y esto lo sabía bien Escolástica, sólo el amor verdadero tiene poder sobre las tormentas. Incluso las del alma.

 

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