Entre el río y la red (Brasil-Amazonas)

Misiones lejanas en el Amazonas brasileño

Hoy, nuestro carisma de dar a conocer y amar al Sagrado Corazón de Jesús en todas partes nos impulsa a actuar en dos frentes complementarios: las pequeñas comunidades locales y el vasto continente digital, donde el encuentro personal sigue siendo insustituible. Es en este contexto que comparto la experiencia que tuve en mis primeros años como sacerdote.

 

Por: P. Elinaldo Cavalcante, msc

Madre y Maestra. Elinaldo Cavalcante. Brasil. Amazonas. Hermandad Misionera de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. MSC

Fui ordenado sacerdote el mes de mayo de 2019, en la Provincia de los Misioneros del Sagrado Corazón de São Paulo (Brasil), y pronto comencé a trabajar en una parroquia con gran vocación misionera. La parroquia de Santa Helena, en la diócesis de Pinheiro, que forma parte de la ‘Amazonia Legal’* y cuenta con más de cincuenta comunidades eclesiales misioneras. Son realidades rurales, ribereñas, apartadas y de difícil acceso. Muchas de estas comunidades sólo tenían misa una o dos veces al año, dependiendo de las condiciones de las carreteras y los ríos. Mi labor consiste en visitar a los enfermos, escuchar confesiones, celebrar la misa y bautizar a los que lo pedían. La visita del sacerdote es tan esperada como la del médico. La gente siempre nos recibe con mucha expectación y cariño. La liturgia se prepara con sencillez, pero con profundo respeto y gran alegría.

En aislamiento. Con la llegada de la pandemia de Covid19, las ‘itinerancias o desobrigas’ se hicieron inviables ante el riesgo de llevar el virus a aquellas personas que, en cierto modo, estaban protegidas por su aislamiento. En esta situación, la conexión a internet se convirtió en nuestro principal aliado. Desde la casa parroquial celebrábamos la Santa Misa, que se transmitía a través de las redes sociales de la parroquia. El pueblo de Dios también encontró otras formas propias de mantener alimentada su fe y su esperanza: los grupos, en las aplicaciones de mensajería, comenzaron a utilizarse para permitirles rezar juntos el santo rosario a determinadas horas. El teléfono móvil se convirtió en una herramienta fundamental. Prácticamente todas las familias tenían, al menos, un dispositivo en casa. Aunque las condiciones de Internet eran precarias, en ese momento era el medio más eficaz para mantener unidas a las comunidades con el resto de la comunidad parroquial.

Nuestras estructuras eran todas amateur: las cámaras, los micrófonos, los transmisores, tampoco los voluntarios y los sacerdotes estaban preparados para ofrecer el nivel de excelencia que ya disfrutaban las radios, las cadenas de televisión y los innumerables influencers digitales ya establecidos. Sin embargo, teníamos algo que ninguno de ellos tenía, algo que hacía que los feligreses quisieran vernos y participar con nosotros: éramos y nos sentíamos un sólo cuerpo. Recuerdo que algunos niños esperaban ansiosos la misa transmitida por su parroquia, porque el sacerdote los llamaba por su nombre; algunas señoras que apenas sabían usar el celular se aseguraban de dejar sus nombres en los comentarios, para que supiéramos que estaban presentes.

Nos corresponde a nosotros, Misioneros del Sagrado Corazón, unir estos dos frentes con creatividad, sensibilidad y fidelidad, para que cada persona, dondequiera que se encuentre, pueda experimentar el amor cercano, concreto y transformador de Cristo, que sigue habitando entre nosotros.

El encuentro. Pasada la pandemia, esta relación de ‘identificación digital’ de los fieles con sus pastores y su comunidad me abrió la mente a una reflexión aún más profunda. Hoy en día, internet tiene un alcance incuestionable, son innumerables los que evangelizan a través de los medios de comunicación, pero para que surjan verdaderos frutos de este apostolado es necesario que se produzca un encuentro de corazones. El acceso a las redes aún no ha llegado a todos; e, incluso donde ha llegado, eso por sí solo no basta para que el Evangelio sea acogido. Es necesario que las personas sientan que su realidad se refleja de alguna manera en el anuncio que reciben, que los vínculos se establezcan de manera sólida, en este sentido nada sustituye al encuentro personal.

 

La cercanía. Dios no nos amó a distancia, por correspondencia o por poder. Se hizo carne y habitó entre nosotros, trabajó con manos humanas, amó con un corazón humano. La encarnación es el gran paradigma de la misión: el Evangelio solo echa raíces cuando encuentra rostros, historias y culturas concretas. Por eso, ningún medio de comunicación, por muy eficiente que sea, sustituye al encuentro que genera pertenencia, confianza y conversión. La evangelización digital es un don precioso, pero sólo produce frutos duraderos cuando se deja iluminar por esta lógica de la proximidad. El desafío de quienes anuncian a Cristo en las redes es precisamente este: crear vínculos que apunten a Él y no a sí mismos; presentar a un Jesús que camina con el pueblo y no a un Dios reducido a la propia experiencia personal, incapaz de dialogar con la riqueza y la diversidad de las realidades humanas.

Esta conciencia maduró en mí a partir de la convivencia con las comunidades más apartadas, ribereñas, rurales y urbanas que marcaron mis primeros años de sacerdocio. Allí comprendí que la misión se realiza cuando el anuncio encuentra la vida concreta de las personas, ya sea a través de la pantalla de un teléfono móvil, del polvo del camino o del balanceo del barco en el río.

Misión mixta. Atentos al mandato misionero del Resucitado, «Id y anunciad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15), los cristianos hemos utilizado diversos medios a lo largo de los siglos para proclamar la Buena Nueva. Con el decreto Inter Mirifica del Concilio Vaticano II, sobre los medios de comunicación, la Iglesia reconoció la importancia de estos para la evangelización y los asumió como verdadero campo de misión. El continente digital y las pequeñas comunidades locales no son mundos opuestos, sino caminos complementarios por los que el mismo Evangelio desea pasar. Nos corresponde a nosotros, Misioneros del Sagrado Corazón, unir estos dos frentes con creatividad, sensibilidad y fidelidad, para que cada persona, dondequiera que se encuentre, pueda experimentar el amor cercano, concreto y transformador de Cristo, que sigue habitando entre nosotros.

* Amazonía Legal es la denominación que recibe la división político-geográfica que abarca los nueve estados de la cuenca amazónica brasileña, creada para promover su desarrollo sostenible y la integración económica.

 

 

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