En plena Cuaresma
Por: Ángeles, LMSC
Tengo que confesar una cosa. Esta vez me ha costado un montón escribir este artículo para ‘Madre y Maestra’. Debe de ser que, con esto del invierno, mis ‘musas espirituales’ han decidido pasar un letargo o acordaron emigrar, buscando mejores climas. Cualquiera de las dos cosas las comprenderé si cuando despierten del sueño o regresen del viaje no se olvidan de mí y me ayudan en esta reflexión. Las necesito.
Fue leyendo a un amigo sacerdote, que sé que pasa por situaciones duras y difíciles debido a la radicalidad con que quiere vivir el Evangelio, el que me hizo pensar que la vida de un cristiano nunca es aburrida, ni monótona, pues cuando Dios penetra en ella de verdad, la vitaliza y la llena de movimiento. Porque, ¿quién no ha pasado alguna vez por una situación en la que te dejan sola los que te apoyaban, los que te querían? ¿No os ha ocurrido nunca que después de haberte dado a los demás, lo único que encontraste fue vacío y soledad? ¿Qué pensamos en esos momentos? ¿Qué sentimos en nuestro corazón? Son momentos de frustración y soledad, de desengaño y desaliento. Son situaciones en las que te vienes abajo, te sientes rota. Parece que todo lo que has hecho no tiene sentido, lo que has pasado se ha perdido en la nada. Tus esfuerzos no se valoran. Pensamos que la vida no es justa con nosotros y todo se vuelve oscuridad. La vida pierde sentido y debido a todas estas circunstancias podemos llegar a tomar decisiones equivocadas. Jesús pasó por circunstancias parecidas. ¿Qué hizo? Hubo momentos en que los discípulos lo abandonaron: «¿También vosotros queréis dejarme?» (Jn 6,7). Lo negaron: «Pedro, te digo que hoy mismo antes del canto del gallo habrás negado hasta tres veces el haberme conocido» (Lc 22,34). Lo criticaron: «Este Jesús ¿no es acaso el hijo de José? Si nosotros conocemos a su padre y a su madre ¿cómo dice que ha bajado del cielo?» (Jn 41,42). Lo traicionaron: «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar» (Jn 13, 21).
Admiro la entereza de Jesús, su manera de afrontar las situaciones, la soledad, el abandono. No hay venganza, no hay reproche, no hay mal, no hay falsas actuaciones. Les deja ver a los apóstoles la tristeza de estar solo, la ingratitud del abandono, pero también siente el profundo respeto y la profunda libertad de dejarles escoger. El amor que siente Jesús hacia las personas es gratuito. Mientras nosotros chantajeamos, protestamos y buscamos venganzas, Él simplemente ama. Y es ese amor misericordioso y compasivo la pantalla que Jesús pone entre Él y el látigo de sus acusadores. Hay heridas, el golpe existe, pero no pasa de ser algo físico, superficial. Su corazón dolorido permanece indemne. No hay odio, rencores ni resentimientos.
¿Puede servir la Cuaresma para que cada uno tomemos medida, en nuestra vida, de la distancia a la que estamos de un comportamiento similar ante circunstancias parecidas? Pienso que primero tenemos que abrir nuestra vida y entregarla a los demás. Exponernos, comprometernos. Salir de nuestras seguridades. Jugarnos el tipo viviendo. Luego, podremos valorar si nuestras pisadas hundidas en la arena por el peso de los acontecimientos coinciden con las de ese Jesús que hace casi dos mil años dejó escritas para cada uno de nosotros y que ni tempestades, ni vendavales, ni fuertes mareas fueron capaces de borrar y que sus perfiles siguen presentes marcando el contorno de nuestra vida. Así lo siento y así me gustaría vivirlo.
Cada mes, los Laicos MSC, te proponen un tema para hacerte pensar. Puedes enviar tu reflexión a: Avda. Pío XII, 31. 28016 Madrid o correo electrónico: asociacion@misacores.org.