El padre que nos lleva
Por: Ángeles, LMSC
Hay una imagen que todos hemos visto más de una vez y que para mí tiene un encanto especial. La de un padre cargando sobre sus hombros a un hermoso retoño. Los medios de comunicación suelen mostrarnos al padre joven, bien parecido, sonriente y feliz y a la criaturita más o menos en circunstancias parecidas, porque normalmente nos anuncian y tratan de vendernos seguridad, tranquilidad, optimismo… pues suelen promocionar compañías de seguros de vida, salud, o sea, alguna clase de bienestar que nos presentan como felicidad. Es el padre artificial.
Si la imagen es casera, espontánea, la típica foto del álbum familiar, sin preparación, ni marketing, la cara del niño expresará las mismas emociones que las del anuncio y más. Nos sugiere un día de fiesta, que “este es mi papá y aquí arriba estoy seguro”. Se siente orgulloso, importante y, sobre todo, querido, pues percibe que su padre está haciendo un esfuerzo y recibe su amor. La cara del padre probablemente ya no refleja la misma frescura, pues al ser todo más natural, seguramente el sobrepeso del angelito cargando sobre las cervicales influye en su expresión. Es el padre natural, humano, y son imágenes que tenemos en la memoria porque las hemos visto o vivido.
En el Evangelio de Lucas (15,56) donde Jesús nos narra a través de la parábola del Buen Pastor lo que es el Reino y cómo se puede entrar en él, dice: «Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido”». Reflexionando sobre él y viéndolo desde mi fe, me quedé con este trocito “la pone contento sobre sus hombros”.
Cuántas veces nos hemos sentido perdidos. Quién no se ha sentido alguna vez roto por algo no querido. Puede que, si al hacer nuestra oración personal esperáramos pacientemente, en silencio, a ese Jesús que nos eleva, nos coloca sobre sus hombros y en ese paseo pausado y tranquilo, de vuelta a casa, sintiendo el movimiento armónico de sus pisadas y el calor humano del contacto de su cuerpo, nuestras heridas producidas en la escapada se irían curando. El dolor de la actitud no deseada desaparece. La paz del alma se recupera. Nos inunda el gran Amor que desprende ese aroma del Padre a cada paso que damos. Se siente la emoción del abrazo del corazón sufriente y arrepentido. La entrega y el abandono en ese Jesús que nos ama. Es entrar en el Reino donde se vive el Amor de Dios-Padre-Madre.
Quizá estamos acostumbrados a leer el Evangelio de corrido, a quedarnos con su mensaje global y, tal vez, el evangelista, hombre inspirado por Dios, nos quiso decir mucho más. Puede que quisiera darnos pequeñas recetas, fórmulas muy útiles para nuestra vida que se pueden encontrar saboreando y reflexionando con tiempo cada palabra del Evangelio. Son terapias que, a lo mejor, deberíamos usar con más frecuencia los cristianos, pues esto no sólo sirve para que cuando nos muramos nos vayamos al Cielo, o eso dicen, sino para que la vida aquí sea más llevadera, sanándonos de angustias y de presiones.
Hay más frases en el Evangelio en las que podemos encontrar un significado parecido, que nos pueden ayudar a despertar sentimientos dormidos o que la sociedad no valora y, sin embargo, constituyen lo profundo de la persona y pueden ayudar a sanar nuestra maltrecha alma, a conocer y sentir el Amor que Dios nos tiene. Lo siento como un bálsamo que Dios nos pone a nuestro alcance para cuando nos encontramos doloridos, golpeados y abatidos, como tantas veces en la vida.
Cada mes, los Laicos de la Familia Chevalier, te proponen un tema para hacerte pensar. Puedes enviar tu reflexión a: Avda. Pío XII, 31. 28016 Madrid o correo electrónico: asociacion@misacores.org.












