El cristiano centrado en el misterio de Cristo
Como su nombre indica, el cristiano es el hombre de Cristo y es muy importante precisar bien esta definición, porque no se trata solamente de creer y aceptar su doctrina, sino de adherirnos a su persona. Cristo, para el cristiano, es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), la afirmación fundamental, sin duda, del Evangelio.
Cristo es el Camino. Por su muerte y resurrección, Cristo se convierte en el Sacerdote Eterno para los hombres abriendo el camino del cielo y, “sentado a la derecha del Padre”, intercede continuamente por ellos. Más aún, Él es el Señor de la historia por cuanto ésta se cerrará con su venida gloriosa al final de los tiempos. Teniendo bien presente esta intercesión, la Iglesia, en sus peticiones, las concluye siempre: “por Cristo nuestro Señor”. Es la garantía de que el Padre acoge su voz. Él mismo nos lo dice: “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6).
Cristo es la Verdad. Él es la Palabra del Padre “que se hace carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). En Él está la respuesta a los grandes interrogantes de la mente humana: qué es el hombre, cuál es su destino, por qué el mal del pecado, dónde está el principio y fin del mundo. Cristo es la Palabra fundamento de nuestra fe. Creemos en Él, en su persona, más que en su doctrina. El cristiano acude a Cristo cuando está sufriendo por la gran duda. Los hombres buscan verdades de distinto significado; pero el creyente cristiano se abre a la Verdad eterna y definitiva, que es la Palabra del Padre (Jn 1,14).
En Él está la respuesta a los grandes interrogantes de la mente humana: qué es el hombre, cuál es su destino, por qué el mal del pecado, dónde está el principio y fin del mundo.
Cristo es la Vida. Lo más grandioso para el cristiano es participar de la vida eterna en la persona de Cristo. Si Dios es Amor, la manifestación más clara de que nos ama sin medida es este misterio. Y es la Eucaristía donde el amor de Cristo se realiza de manera impresionante. En este sacramento, Él está presente en el Sagrario como el amigo que nos acoge, nos escucha y nos consuela; actualiza el sacrificio de la Cruz como entrega de amor por los hombres; y, sobre todo, une su persona a la nuestra en la Comunión: “el que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él” (Jn 6,36).
Cristo en los Apóstoles Juan y Pablo. Ambos centran su vida en el Hijo de Dios hecho hombre. Juan, el discípulo amado, nos muestra en el discurso de la última cena las palabras sublimes del Corazón de Cristo; y Pablo, después de su conversión, afirma: “para mí la vida es Cristo” (Filp 1,2124) y “aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). Los evangelistas sinópticos presentan a Cristo y sus obras milagrosas en el contexto de la sociedad en que vivió, pero no realzan su misterio.
Cristo en la fe del cristiano. Es muy importante tener un criterio bien preciso sobre esta cuestión, porque no se trata solamente de creer en las verdades reveladas que nos trasmite la Iglesia, sino de poner la mente y el corazón en Cristo que nos ama y nos salva. Como nos dice el Apóstol, “la justificación nos viene de la fe, no de las obras” (Gal 2,16). Vivir de la fe en Cristo, es vivir en la confianza en su amor y su gracia. Así lo vemos en la vida de los santos cristianos.
P. Isaac Riera, msc