Cómo sanar… o enfermar
Por: P. José María Álvarez, msc
La lepra es una enfermedad que durante siglos ha generado mucho temor y sufrimiento. Hoy, aunque sigue dándose, se puede curar, ya que conocemos el bacilo que la provoca y el tratamiento que requiere. Pero antiguamente, era un mal terrible que discriminaba socialmente por la facilidad de su contagio. En los evangelios vemos cómo Jesucristo sanó a leprosos (Mc 1,4045; Lc 17,1219), pero ya antes recoge la Biblia pasajes en los que se menciona esta enfermedad. Uno de ellos, muy mencionado, es el de la curación del leproso Naamán por parte del profeta Eliseo, que leemos en el segundo Libro de los Reyes, en su capítulo 5. Ahí se narra cómo el jefe del ejército del rey de Damasco, el sirio Naamán, se vio afectado por la lepra y, buscando un remedio, acudió al rey de Israel para que le curara. Lo hizo porque una cautiva traída de aquella tierra le había hablado de un profeta samaritano que podía sanarle; pero cuando el rey israelita se encontró con aquella encomienda, que le hacía su homólogo sirio, se rasgó las vestiduras en señal de afrenta, porque pensaba que le encomendaban un imposible, algo que sería una excusa para entrar en guerra los dos países.
Pero el profeta Eliseo se enteró y mandó recado de tranquilidad al rey, informándole que él solventaría esa comprometida petición. Y a éste se dirigió Naamán, imaginando que ese famoso profeta le atendería personalmente y de una manera mágica o prodigiosa. Pero resulta que ni le recibió en persona, ni mucho menos recurrió a ningún tratamiento sorprendente. Sólo le dijo, a través de un mensajero, que fuera al río Jordán y que allí se lavara siete veces. Esto a Naamán le sentó muy mal, porque se consideró ofendido y se preguntaba si no eran mejores los ríos de Damasco para bañarse en ellos y quedar limpio.
La comitiva que le acompañaba aplacó su furia argumentándole que, a fin de cuentas, lo que le había propuesto el profeta no dejaba de ser algo muy fácil y ¿por qué no probarlo? Naamán lo hizo y comprobó que su enfermedad desaparecía tras el séptimo baño. Entonces volvieron todos a Eliseo para agradecerle el prodigio y ofrecerle, además, abundantes presentes por la curación obtenida.
En cualquier momento podemos enfermar si nos dejamos captar por la ambición y recurrir a engaños.
Pero el profeta rechazó todos estos regalos, encomendándole que más bien se lo agradeciera a Dios, que era el verdadero artífice del prodigio. Sin embargo, el criado del profeta, un tal Guejazí, no pensaba lo mismo que su amo y decidió aprovecharse de la oferta de Naamán. Así que se dirigió a él con el cuento de que Eliseo precisaba dinero y ropajes para unos discípulos y que por lo tanto aceptaba el regalo. El arameo se lo dio gustoso, pero cuando Guejazí se presentó ante su señor pretendiendo negar lo sucedido, se encontró con la merecida reprimenda de Eliseo. Y lo malo para él fue que el profeta le maldijo diciéndole que la lepra se le pegaría a él y a sus descendientes para siempre. Y así concluyó esta historia con el criado mentiroso y ladrón saliendo de la presencia de su amo cubierto de una lepra que le dejó el cuerpo blanco como la nieve. Quienes han estudiado este pasaje suelen concluir que, en ambos casos, tanto lo de Naamán como lo de Guejazí quizá no fuera una lepra en el sentido estricto en que se define hoy esta enfermedad, sino más bien una afección grave de la piel, pero no esa lepra que hubiera obligado al jefe sirio a vivir marginado y no poder ejercer como militar (2R 5,1), y que en el caso del criado no se manifestaría físicamente con ‘una blancura como de nieve’ (2R 5,27). Pero este detalle importa poco, ya que en aquellos tiempos cualquier afección de la piel podía denominarse genéricamente como ‘lepra’, a falta de mayores conocimientos, pero siempre con el consiguiente perjuicio que proporcionaba a quien lo padeciera.
Lo que aquí nos interesa de esta historia son esos dos detalles, el de la enfermedad y el de su curación. Y el caer en la cuenta que, ante la enfermedad, la ayuda de Dios siempre estará a nuestro alcance si la sabemos invocar y buscar allá donde se encuentre, por más que no creamos merecerla o que el conseguirla suponga tener que hacer cosas que no nos agraden. Y que en cualquier momento podemos enfermar si nos dejamos captar por la ambición y recurrir a engaños, que no dejan de ser ‘lepras’ que llevan siglos infectando a la Humanidad. Porque la enfermedad, más allá de la que nos puede acontecer por razones naturales, a veces, es mera consecuencia de nuestro obrar incorrecto, de dejarnos llevar por ambiciones y otros despropósitos que nos enferman por dentro lo mismo que por fuera.












