Abril: El bien es más fuerte que el mal

1 de abril: San Estanislao

Por: Hno. Gianluca Pitzolu, msc

El atentado contra las torres gemelas sigue vivo en el imaginario colectivo. Un puñado de hombres secuestraron unos aviones y los estrellaron contra imponentes edificios, causando su destrucción en muy poco tiempo con miles de muertos y heridos. ¿Cómo es posible que en tan poco tiempo las fuerzas del mal puedan causar semejante desastre, cuando los que hacen el bien, en cambio, luchan por conseguir resultados modestos, si es que los consiguen? Es una pregunta que toca el drama de la historia de la humanidad y la vida de cada uno de nosotros: el mal parece más eficaz que el bien.

Ahora bien, Dios es bueno y está en todas partes. Por consiguiente, el bien también está en todas partes. ¿Cómo es que no lo vemos? Porque para ver el bien, que también está presente, debemos aprender a mirar el mundo con ojos puros, es decir, con los ojos de Dios, tan llenos de amor y de misericordia, que disciernen hasta el más mínimo rastro de bondad en sus criaturas. Al mismo tiempo, debemos ser tan fuertes en el bien que nos opongamos con valentía al mal que también existe. Cada vez que se nos presenta la ocasión de hablar de un santo o de escuchar su predicación, podemos arraigarnos en estas convicciones, porque cada uno de ellos demuestra que esto es verdad. El 11 de abril, la Iglesia celebra a san Estanislao.

Como verdadero pastor de almas, ejerció su ministerio con preocupación por todos. Su casa estaba siempre abierta a quienes acudían a él en busca de consejo y ayuda. Pero, sobre todo, queremos recordarle por su problemática relación con el rey Boleslao II de Polonia. Se puede decir que fue un auténtico enfrentamiento entre el bien y el mal. Y este último, en un momento dado, pareció ganar. Boleslao II llevaba una vida cuanto menos cuestionable, y cuando se encaprichó de la esposa del príncipe Miecislao, llegó a secuestrarla, despertando la indignación de toda la nobleza polaca. Se invitó a intervenir a los obispos de la corte, pero sólo Estanislao se atrevió a enfrentarse al rey y le amenazó con excomulgarle. Entonces el rey, fuera de sí por la rabia, insultó groseramente al valiente prelado, diciendo: «cuando uno se atreve a hablar de esta manera tan irrespetuosa a un monarca, estaría mejor criando cerdos y no ocupando el cargo de obispo». El santo, sin dejarse intimidar, replicó: «no establezcas ninguna comparación entre la dignidad real y la dignidad episcopal porque la primera es a la segunda como la luna al sol». Boleslao escuchó aquellas palabras despectivas, pero en su interior ya estaba pensando en la forma de vengarse. La ocasión se presentó cuando el rey se enteró de que, a través del obispo Estanislao, la Iglesia de Cracovia estaba en posesión de ciertas tierras, que antes pertenecían a un hombre llamado Pedro. Como éste había muerto, el rey convocó a sus sobrinos y les instó a reclamar la herencia como propiedad usurpada por el obispo, asegurándoles que podría intimidar a los testigos presentes en la venta. El obispo fue llamado a comparecer ante una asamblea de jueces y acusado. Como es de imaginar, los testigos cometieron perjurio y el obispo corría peligro de ser condenado, cuando pidió un indulto de tres días, prometiendo hacer comparecer al propio Pedro, que llevaba tres años muerto. Entre sonrisas de compasión le fue concedida la petición. Y he aquí que al tercer día, ante aquella asamblea silenciosa, apareció el propio Pedro el tiempo suficiente para declarar la regularidad de aquella venta. Aquel prodigio preocupó mucho a Boleslao II, y durante un tiempo encontró fuerzas para reprimir su lujuria y mitigar su crueldad. Pero poco tiempo después volvió a las andadas. Entonces Estanislao lo excomulgó públicamente y ordenó a los sacerdotes que suspendieran los oficios cada vez que el excomulgado osara cruzar el umbral de los templos sagrados. Lleno de furia, Boleslao II se dirigió entonces al lugar donde el santo celebraba misa y, propinándole un golpe en la cabeza, lo mató. El mal, pues, había triunfado sobre el bien. Pero la historia no terminó ahí. No mucho tiempo después, el rey empezó a sentir remordimientos por su acto contra el obispo Estanislao y un día llamó a la puerta del monasterio benedictino de Ossiach, en Carintia, y pidió pasar el resto de su vida como hermano coadjutor en el monasterio. Y así pasó los años que le quedaban como siervo dedicado a la penitencia y a las tareas más humildes.

A pesar del poder del mal, fue el bien quien escribió la última palabra.

 

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