A ‘misa’ puesta

«…esto es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío». (Lc 22,19)

Javier Trapero @trapiscolaviski
Correo electrónico: comunicacion@misacores.org.

 

Hasta hace poco, tan poco como dos o tres años, para algunas personas simplemente unos meses, la imagen de la custodia y la exposición del Santísimo parecía algo del pasado, incluso de un pasado con connotaciones políticas. Realizar una Adoración al Santísimo en una parroquia era ‘algo de abuelas’. Me doy cuenta de que en lo que acabo de escribir no me llama la atención la expresión peyorativa ‘algo de abuelas’, sino que he dicho ‘era’, utilizando el pasado. Está siendo tan presente hacer Hora Santa, que muchos movimientos juveniles, que muchas parroquias con grupo joven, celebran oraciones exponiendo al Santísimo.

Esto supone el reconocimiento de Cristo Eucaristía por parte de un número cada vez mayor de jóvenes. ¡Qué maravilla! Y no sólo gente joven. En la celebración del evento ‘Llamados’, celebrado en Madrid en enero, más de 6.000 personas participaron en una Adoración al Santísimo en un recinto destinado a eventos deportivos y culturales, utilizado por muchos artistas nacionales e internacionales para sus conciertos y que aquel día la ‘estrella’ fue Cristo.

En una conversación de parroquia, escuchaba a una catequista alabar lo fantástico de este resurgir de la devoción joven. Había estado en alguno de estos encuentros y decía, también, que muchos jóvenes comentaban que participaban en la Hora Santa, pero no en la misa de los domingos. Ella misma hacía esta reflexión: «¿Cómo vas a sentir profundamente una oración con el Santísimo expuesto si no pones en valor la Eucaristía? No es posible esa adoración si previamente no ha habido una misa en la que se consagra la hostia a la que estás rezando». No le falta razón.

Pensé en la Eucaristía como recuerdo de la Última cena y asocié esta actitud con la expresión: ‘Llegar a mesa puesta’. Ir a la Hora Santa, a la Adoración al Santísimo, y no querer participar en la misa, es como llegar el día de Navidad a casa de tus padres justo a la hora de comer, con la intención premeditada de no querer ayudar ni a cortar el queso.

Por otro lado, me acordé de Marta y María (Lc 10,38-42), las dos hermanas que acogieron a Jesús en su casa y donde María escuchaba a Jesús sentada a sus pies, mientras Marta se afanaba en preparar la mesa. «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada». ¿Qué hay entonces de «este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío»? (Lc 22,19). Jesús nos dice que preparemos la mesa, pero a Marta que no se afane… ¡Uf!, vaya lío.

A mí, la verdad, personalmente me encanta participar del proceso de las invitaciones a cenar. Me encanta entrar en la cocina, preguntar qué puedo hacer, si cocinar, partir el pan o servir una copa de vino. Después, disfruto de la compañía, de la charla, del encuentro. Personalmente, tanto me gusta el antes y el después que procuro evitar llegar a ‘misa’ puesta.

Foto: Custodia del Grupo Hakuna

Start typing and press Enter to search